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Lo rural

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La habilidad de los guionistas de ‘Schitt’s Creek’ es no caer en la tentación del menosprecio de corte y alabanza de aldea

Acabada The Big Bang Theory y a la espera de la nueva demostración de talento de Phoebe Waller-Bridge, fichada en exclusiva por Amazon por 20 millones de dólares anuales, nos quedan las constantes reposiciones de Friends y de Sheldon Cooper y sus amigos, además de la quinta y nueva temporada de Schitt’s Creek (Movistar +), las muy entrenidas venturas y desventuras de la familia de un financiero de éxito venido a menos, en realidad venido a mucho menos que menos por fraudes poco explicados, a los que no les queda más remedio que volver a empezar en un pequeño pueblo, Schitt’s Creek, que le habían regalado por su cumpleaños a su hijo en plan de broma en los tiempos de esplendor.

Un financiero fraudulento, su mujer, actriz de telenovelas con ínfulas de Norma Desmond, un hijo homosexual que añora las fiestas neoyorquinas y una hija que sintetiza la inconsciencia y el pijerío supinos se ven abocados a convivir con unos aldeanos que representan a su vez el más descarnado estereotipo de lo rural.

La habilidad de los guionistas es no caer en la tentación del menosprecio de corte y alabanza de aldea del que llegó a ser Obispo de Mondoñedo y mostrar las mutuas influencias de lo sofisticado y lo rústico. Nuestro financiero arruinado tratará de reflotar el único Motel de la localidad. Nuestra Norma Desmond tratará de deslumbrar con sus propuestas teatrales a los muy escépticos lugareños. David pondrá una especie de perfumería con su nuevo novio y Alexis acabará entregada al veterinario local. La vida continúa.

Naturalmente la realidad supera a la ficción. No se tiene noticia de que Mario Conde o cualquiera de los muchos Pujol Ferrusola, ni su padre, por supuesto, hayan decidido empezar de nuevo.

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