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La Europa del descontento

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Tres ciudades, tres países y el mismo fantasma: la ola ultranacionalista que atraviesa el continente. EL PAÍS viaja a los lugares que consuman su rebelión en las urnas.

EL PAÍS

¿Cuánto influye al votar
el lugar en el que vivimos?

La Europa del
descontento

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ESCÚCHALO: MONTSERRAT DOMÍNGUEZ, MARIANGELA PAONE Y CARLOS DE VEGA LEEN EL TEXTO ÍNTEGRO

Elección tras elección, formaciones
populistas y de extrema derecha han
ido ocupando espacios impensables
hace tan solo una década. No hay
un único factor que explique este
auge, pero sí patrones que se
repiten. Andrés Rodríguez-Pose,
catedrático de Geografía Económica
de la London School of Economics,
habla de “la venganza de los lugares
que no importan”.

Son territorios que experimentan
largos periodos de decadencia
económica, cambios de estructuras
productivas tras un fuerte declive
industrial o donde el crecimiento de
las últimas décadas no ha revertido
la condición –real o percibida–
de estar lejos del interés del poder
económico, político y social.

Estos factores territoriales pueden
empujar el auge del
euroescepticismo y del
ultranacionalismo incluso más que
la situación personal de los votantes.
Como en Beaucaire, en el sur de
Francia, Terni, en el ex cinturón rojo
de Italia, y Janów Lubelski,
en sureste de Polonia: las tres
etapas de este viaje a los territorios
que se rebelan en las urnas.

Beaucaire

La ciudad donde la ultraderecha se hizo normal

Julien Sanchez, una de las estrellas en ascenso del Reagrupamiento Nacional, la nueva formación de Marine Le Pen, gobierna en Beaucaire colonizando el espacio público de una ciudad empobrecida

En la fachada del Ayuntamiento de Beaucaire hay tres banderas, como en muchos municipios franceses. Pero aquí, en vez de tener la de Francia, la de la región y la europea, las tres son iguales. Se repite la tricolor. “Francia tiene que estar por encima de todo. Es Francia la que tiene que decidir por Francia. No es la UE la que tiene que decidir lo que hay que hacer aquí. Una bandera europea no pinta nada en la fachada de un Ayuntamiento”. Es la doctrina Sanchez, Julien Sanchez, alcalde de esta ciudad de 16.000 habitantes a orillas del Ródano, en el sur de Francia, y una de las estrellas en ascenso del ultraderechista Frente Nacional (FN), rebautizado hace un año por Marine Le Pen como Reagrupamiento Nacional. Sanchez, de 36 años, pertenece a la nueva generación del partido y tiene una misión: convertir Beaucaire, una de las 11 localidades conquistadas por el FN en 2014, en un “escaparate del buen gobierno” de la extrema derecha. La misión incluye no renunciar al viejo ideario del partido y colonizar el espacio público, empezando por el callejero: Sanchez borró del mapa la calle 19 de marzo de 1962, el final de la Guerra de Independencia de Argelia, y decidió dedicar aquí, en esta ciudad a poco más de una hora de coche de Marsella, una calle al Brexit.

Como indica su apellido, Sanchez es de origen español y pied noir —pies negros— el apodo de los franceses de Argelia que tuvieron que abandonar por la fuerza la antigua colonia tras su independencia. En Beaucaire, que pertenece al departamento de Gard, en la región de Occitania, es común oír apellidos españoles o italianos, heredados por los hijos y nietos de los inmigrantes que llegaron a mediados del siglo pasado a una ciudad entre industrial y rural, con muchos campos de frutales, olivos y viñas, en los que, con el pasar del tiempo, los inmigrantes europeos fueron sustituidos por los magrebíes y, en los últimos años, por ecuatorianos o dominicanos, que empezaron a llegar desde España en plena Gran Recesión.

El alcalde ganó en 2014 en segunda vuelta con casi el 40% de los votos, en parte logrados por la división entre sus contrincantes y, desde entonces, los resultados que ha cosechado el FN en la ciudad no han hecho más que mejorar. En las presidenciales de 2017, más del 55% de los que votaron eligieron a Marine Le Pen, uno de los porcentajes más altos de toda Francia. Los vecinos, simpatizantes y opositores, coinciden en identificar la clave del éxito: la proximidad. En un lugar en el que se concentran problemas comunes a muchas ciudades pequeñas y medianas de Francia, con una población que se siente alejada de los verdaderos centros del poder y un casco histórico decadente, Sanchez está en la calle, visita los barrios, se reúne con los ciudadanos, muestra cercanía. “Si te ve una vez, ya se acuerda de tu nombre”, repite más de uno. Con eso a muchos les basta.

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El lema de la campaña electoral de Sánchez fue Beaucaire, ville française (Beaucaire, ciudad francesa). Identidad y seguridad. Una de las primeras medidas de la nueva administración fue aumentar el número de agentes municipales, ampliar su presencia para cubrir las 24 horas del día y reforzar la videovigilancia en las calles del centro, que no se libra del trapicheo de drogas y donde vive la población más vulnerable.

“Yo no salía con mi hija por la calle y ahora sí”, asegura una vecina mientras aguarda su turno a la puerta del despacho del regidor. Dos veces al mes, el alcalde dedica la tarde a recibir a los ciudadanos. Hoy es uno de esos días. Son las 13.40 y en la sala de espera hay al menos una veintena de personas: un par de señoras con la cabeza cubierta por un velo, un par de jóvenes, muchos mayores… La secretaria pregunta si quieren tomar algo y poco después vuelve con una bandeja llena de cafés. Patrique Pinaton, exelectricista de 63 años, también espera. Tiene una pensión de 780 euros al mes y quiere pedir la concesión de una pequeña parcela para cultivar hortalizas y mejorar la economía familiar. De su pensión viven él, su mujer y el último de sus tres hijos, que tiene 18 años y no encuentra trabajo. Según los últimos datos disponibles del Instituto Nacional de Estadísticas de Francia, la tasa de desempleo aquí era en 2015 del 24,3%. “Está bien que todo el mundo trabaje, pero antes hay que hacer que trabajen las personas de tu país”, dice. “He perdido poder adquisitivo. Yo era gaullista. En las últimas elecciones voté a Marine Le Pen, tras haber visto lo que ha hecho este hombre aquí”. Media hora después Pinaton sale del Ayuntamiento, contento: “El alcalde ha dicho que hará lo posible”.

“Beaucaire es una ciudad que no ha evolucionado después de los años noventa. La población quiso un cambio político”

“Beaucaire es una ciudad que no ha evolucionado después de los años noventa. La población quiso un cambio político. Cuando el FN decidió presentar su candidatura calcularon matemáticamente que aquí podían ganar. El FN en el valle del Ródano recibe mucho apoyo. Sabían que aquí con un buen candidato podían ganar”, subraya Remy Vidal, quien fue colaborador del anterior alcalde, un centrista que sucedió al anterior regidor de centroderecha cuyo discurso antiinmigración, según muchos, preparó el terreno para que el FN triunfara. Sanchez no era un candidato cualquiera. Cuenta que aprendió de sus padres, comunistas y militantes del sindicato CGT, la importancia de la proximidad. Alistado en las filas del FN desde los 16 años, cuando la formación ultraderechista estaba aún firmemente en manos de Jean-Marie Le Pen, Sanchez es un apparátchik que ha trabajado durante años para la comunicación del partido. Ahora es portavoz nacional del Reagrupamiento Nacional, tras el cambio de nombre con el que Marine Le Pen trata de limpiar la imagen de la marca fundada por su padre en 1972.

En la distancia corta, el alcalde no defrauda la descripción que incluso sus opositores hacen de él: se presenta amable, sonriente y cercano. El tono se endurece solo en dos ocasiones: cuando se le recuerda su decisión de suprimir el menú alternativo en los comedores escolares para los alumnos que no comen cerdo (son muchos en una ciudad con una gran comunidad de origen magrebí) y cuando se le pregunta por el libro de un investigador independiente, Hácene Belmessous, publicado este año y dedicado a esta y a otra ciudad gobernadas por el FN. Se titula Les laboratoires de la haine (“Los laboratorios del odio”).

“Los preceptos de la religión no tienen que entrar en la escuela. ¿Por qué está prohibido comer cerdo? No por razones de alergias o médicas; es porque un profeta ha dicho que no se puede comer… si llega una religión que dice que no tenemos que comer carne o pescado, ¿tendré que hacer otros menús? No soy yo quién se tiene que adaptar”, dice Sanchez.

—¿Y qué pasa con los niños que no comen cerdo?

—No es mi problema.

La defensa de la laicidad de las instituciones republicanas, sin embargo, no se aplica a la procesión de la fiesta de la patrona Santa María Magdalena, que acaba con la estatua entrando en el Ayuntamiento. “No soy yo el que ha decidido que Francia es de raíces cristianas”.

En su última visita a Beaucaire, el 20 de abril, Le Pen felicitó al alcalde por demostrar con su gestión la capacitad de gobierno del partido. “De la misma manera que Matteo Salvini lo está haciendo en Italia”, dijo. Ya en campaña para las elecciones europeas, la presidenta del Reagrupamiento Nacional arremetió contra la invasión de inmigrantes y Sanchez abrió el acto recordando entre vítores que Beaucaire “es una ciudad donde no se firman concesiones de uso a asociaciones culturales para hacer mezquitas salafistas” y “donde se come también cerdo en los comedores escolares”. “Aquí estáis en vuestra casa”, dijo el alcalde. El público coreó: “¡Estamos en nuestra casa! ¡Estamos en nuestra casa!”.

En el tablón de anuncios de la entrada de uno de los colegios de la ciudad –situado a pocos metros de una rotonda con una estatua de un gran toro que recuerda la tradición local de los festejos taurinos– está colgado el menú. Todos los lunes hay platos preparados con cerdo. “Antes, mi hijo comía aquí. Ahora me pregunta por qué no puede quedarse como sus amigos”, dice una madre a las puertas del centro. La mujer, musulmana, tiene 38 años, nació en Beaucaire, donde ha vivido siempre y pide que no se escriba su nombre. “Llevábamos a los niños a una escuela católica. Había tres platos cada día, podían elegir. Les dejaba para que estudiaran también la historia de Jesús y aprendieran. Estábamos contentos pero el colegio era demasiado caro y nos cambiamos a la pública. Si antes había racismo no lo veíamos. Ahora te lo dicen en la cara”.

Para muchos, el problema en Beaucaire es este. “La gente no se mira, no se habla, son los unos contra los otros. Esto yo ya lo conocí. A mí me decían: ‘Tú, español, que vienes a comer el pan de los franceses’. Esto se había terminado y empieza ahora con los otros. Había gente que me decía: ‘Tú no tienes la misma sangre que nosotros’; y esto está pasando ahora en Beaucaire, igual que hace 60 años. No lo quiero volver a vivir”, explica Herminio Camblor. Llegó a Francia con cuatro años y aquí ha vivido toda su vida. Ahora tiene 62. “Mi padre era albañil y mi madre ya tenía bastante con ocho hijos en casa”. Su familia era de Oviedo y él tiene una pequeña montera picona, el sombrero tradicional asturiano, colgando del espejo retrovisor del coche. En 2014 se presentó a las elecciones municipales como concejal. Como alcalde no hubiera podido, porque nunca pidió la nacionalidad francesa: “No soy ni español, ni francés, soy un europeo nacido en España y que ha vivido en Francia”.

Camblor es socialista, pero desde hace año y medio ha decidido apartar sus simpatías políticas para sumarse a una iniciativa transversal e intentar ganar a Sanchez en las elecciones municipales de 2020. El grupo se llama Unidos por Beaucaire y dentro hay de todo: candidatos de partidos de centroizquierda y centroderecha, izquierda ecologista y también representantes de la Repúblique en Marche del presidente Macron. Bien podría ser la representación del cordón sanitario de las fuerzas republicanas contra lo que consideran una amenaza para la democracia. “Hay un alcalde que decide todo sin contar con el consejo municipal y toma decisiones discriminatorias hacia una parte de la población. Traduce en Beaucaire la política del FN, contra los extranjeros, contra quien piensa libremente”, comenta el secretario del grupo, Alain Castellani. Para Lionel Depetri, empresario y miembro de la Cámara de Comercio e Industria del Departamento de Gard, al que pertenece la ciudad, se trata de una unión “de sentido común”. Depetri asegura que desde que la alcaldía cayó en manos del FN hay empresas que se no instalan aquí por una cuestión de imagen.

La cosa no está en Beaucaire como para perder inversiones. Un informe de finales de 2017 del Comisariado General para la Igualdad de los Territorios, un organismo consultor del Gobierno francés, la coloca entre las 20 ciudades medianas con un cuarto de sus habitantes en situación de pobreza. El declive empezó a finales de los noventa, coincidiendo con el cierre de varias fábricas y el desarrollo de centros comerciales que poco a poco mataron al pequeño comercio. En la céntrica rue National, donde había varias zapaterías y buenas tiendas de ropa, ahora no queda ninguna. Muchos establecimientos echaron el cierre y entre los pocos abiertos destacan las tiendas de alimentación y carnicerías regentadas por comerciantes de origen magrebí.

Belmessous habla en su libro de una gestión discriminatoria sistemática contra la población árabe y musulmana. Cree que detrás del derecho de tanteo que la alcaldía ejerce cuando cierra una tienda se esconde la voluntad de cambiar el perfil de los comercios, excluyendo a esta parte de la población, la misma intención que motivaría la decisión de quitar subvenciones a asociaciones no afines, como pasó con la Maison du Vivre Ensemble, un centro cultural donde había actividades extraescolares para un centenar de niños, muchos procedentes de familias de origen extranjero. “No nos compete pagar cursos de francés para niños que no saben hablarlo”, dijo Sanchez en su momento, haciendo balance de su primer año de mandato y reivindicando una mejor gestión del presupuesto público y una bajada de impuestos. “No soy racista. No acepto que me tachen de racista. Le voy a demandar, tendrá que pagar y me pagará las vacaciones”, dice ahora el alcalde cuando se le pregunta por el libro de Belmessous.

Quien ya fue demandada por el regidor por una entrada de su blog en la que criticaba a la administración es Laure Cordelet, que, tras las elecciones de 2014, fundó la asociación antirracista Rassemblement citoyen. “El clima ha cambiado, el discurso racista ya es libre”, dice Cordelet quien habla de una gestión ideológica cuidada hasta en los detalles: en la biblioteca comunal ahora también se pueden leer las publicaciones de extrema derecha Présent o Minute. Cordelet reconoce que, con todo, la popularidad de Sanchez es alta.

“El alcalde vino y se puso a hablar con nosotros y nos dijo que nos apoyaba. Es de extrema derecha, sí. ¿Cuál es el problema? ¿Tenemos que tener miedo porque dice que lo primero de todo es Francia? Hemos probado la derecha y no fue bien. La izquierda, y tampoco. Si hay que ir a la extrema derecha se va”, dice Estevan Patrique, jubilado de 62 que vive en la vecina Tarascón. “Si pudiera, votaría por él”. A su lado, Bernard Barre, que sí ha podido votar a Sanchez, asiente. Ambos llevan la prenda más famosa en Francia en los últimos meses: el chaleco amarillo, símbolo de las protestas contra el Gobierno de Emmanuel Macron. Se reúnen en una caseta de madera levantada en un descampado cerca de una rotonda a las afueras de la ciudad, donde han plantado unos espantapájaros con chalecos amarillos que ondean bajo el viento.

Desde este punto se ve la cementera que antes era una de las industrias que más trabajo daba en Beaucaire y que ahora tan solo emplea a un centenar de personas, la mitad de los que eran. No muy lejos, en nueva zona industrial, se encuentra el vestigio de otra polémica decisión de Sanchez. El cartel de rue du Brexit indica una calle desolada, en forma de U, que tras dar la vuelta a un par de solares, desemboca a pocos metros del punto de entrada: la avenida intitulada a unos de los padres fundadores de la Unión Europea, Robert Schuman.

Terni

El laboratorio de la nueva Liga

La ciudad industrial, que fue un bastión de la izquierda, es ahora el mayor Ayuntamiento gobernado por el partido de extrema derecha de Matteo Salvini y la plataforma de lanzamiento para la conquista del resto de Italia y de Europa

Los hijos de Emanuele Pica se llaman Pietro y Enrico. Pietro como Pietro Ingrao y Enrico como Enrico Berlinguer. Para explicar hacia dónde ha latido siempre su corazón bastaría con esto: los hijos llevan los nombres de los dos históricos dirigentes del Partido Comunista Italiano. Pero Pica remata: “He visto llorar a mi padre cuando Berlinguer murió… Esa es mi historia”. Una historia que unía a la mayoría de los trabajadores de Acerías Italianas Terni, el pulmón de acero engastado en esta ciudad de 110.000 habitantes y que durante décadas bombeó oxígeno a la economía, cuando en la empresa trabajaban, entre puestos directos e indirectos, unas 12.000 personas. Hoy no llegan a 2.400, poco más de tres mil contando las empresas subcontratadas. “Aquí el 80% de la gente votaba a la izquierda. Ahora en la fábrica votan a la Liga”, dice Pica, obrero e hijo de obrero.

En las elecciones generales de 2018 votó Poder al Pueblo, un partido de izquierda extraparlamentaria. Es uno de los pocos que no ha cambiado su orientación política. Mientras habla, detrás de él desfilan le tute blu, los trabajadores en mono azul que se dirigen al comedor de la empresa, a pocos metros de una de las entradas principales. En la puerta ondean tres banderas, la de Italia, la de la Unión Europea y la de Alemania, esta última en representación de la propiedad de la fábrica, fundada en 1884 y desde 2001 en manos del coloso germano ThyssenKrupp.

La clase obrera está aquí: en la sala de control donde se dan los comandos para la mezcla de componentes según el tipo de acero que tiene que salir de las bocas de líquido incandescente que dominan el interior de la fábrica; en la cara arrugada de quien, con 40 años, aparenta al menos diez más tras una década en la fundición; al mando de las grúas que remueven la chatarra que sirve para alimentar el hambre de metal del ciclo de producción. Esta clase obrera, tantas veces declarada prematuramente como desaparecida, hizo la última revolución en las urnas, votando en masa a la Liga de Matteo Salvini en las municipales de hace un año en esta ciudad de la región de Umbria, en el centro de Italia. Su candidato, Leonardo Latini, ganó con más del 60% frente al aspirante del Movimiento 5 Estrellas, una formación populista en la que conviven posturas atribuibles a la derecha y a la izquierda. El Partido Democrático, la última gran formación de centroizquierda que gobernó la ciudad y la región casi ininterrumpidamente en el último medio siglo, no llegó ni a la segunda vuelta.

Terni es ahora la mayor ciudad gobernada por la Liga, un partido que hasta hace seis años no existía en esta zona de Italia. Bajo la batuta de Salvini y abrazando la retórica nostálgica del ultranacionalismo al grito de “los italianos primero”, el partido ha salido de su tradicional caladero de votos, el profundo noreste de Italia, que en los noventa encumbró la entonces Liga Norte, un movimiento separatista que renegaba del poder central, arremetía contra el sur del país y formó parte de todos los Gobiernos de Silvio Berlusconi. La transformación obrada por Salvini ha permitido al partido extenderse por todo el Belpaese, canibalizar el voto de la derecha y extrema derecha y hacerse con el control de una ciudad de antigua gloria industrial, símbolo de lo que era el cinturón rojo de Italia. Por eso Terni es hoy la lanzadera de las aspiraciones de Salvini para el desembarco en el resto del país y la conquista del mayor número de escaños en las elecciones al Parlamento europeo del 26 de mayo.

El partido de los obreros

“Estoy seguro de que somos el primer partido entre los obreros en Terni y a nivel nacional. En campaña electoral fui varias veces a la acería y veía el entusiasmo. Nos veían como referentes, quizá porque la Liga representa hoy la única alternativa social creíble. Los obreros entendieron que en la izquierda ya nadie habla de derechos sociales y trabajadores”. A Latini, de 44 años, se le nota un punto de autocomplacencia cuando explica el triunfo de la Liga que le llevó a la alcaldía. Elegante, en traje azul oscuro y corbata con finos motivos celestes y amarillos, no esquiva las preguntas incómodas.

Abogado de profesión, con un pasado en el Frente de la Juventud, la organización juvenil del Movimiento Social Italiano, el partido que nunca repudió al fascismo, católico practicante y amante de la misa con el rito preconciliar en latín, Latini no se inmuta cuando se le recuerdan las polémicas por los comentarios homófobos de algunos miembros de su Junta o su participación en el Congreso de la Familia de Verona el pasado mes de marzo, una cumbre de las organizaciones antiabortistas y ultracatólicas: “Estoy a favor de la familia natural y del principio de igualdad: las cosas iguales hay que tratarlas de forma igual, las cosas que no lo son, no. Los niños tienen derecho a tener una madre y un padre, pero como decía [el escritor británico C. K.] Chesterton, llegará el día en el que tendremos que desenvainar las espadas para demonstrar que en verano la hierba es verde”.

Latini, que para la foto de este reportaje se coloca un pin en la solapa con el símbolo de la Liga, el mismo que usa Salvini para las grandes ocasiones, dice haber impuesto en la gestión “el criterio de concreción”. Con él, asegura, “el hacer está en el centro de la acción administrativa, tras haber escuchado las exigencias de los ciudadanos”. Para arremeter contra la anterior administración de centroizquierda, el alcalde lo tiene fácil: su antecesor y varios concejales están imputados por irregularidades en la gestión de contratos públicos y el Ayuntamiento fue declarado insolvente meses antes de las elecciones.

Una alcaldía bajo tutela

“Lo lógico hubiera sido que ganara el Movimiento 5 Estrellas, que había hecho una oposición dura en estos últimos cuatro años. Pero ganó la Liga, que antes ni siquiera tenía implantación. Lo hizo porque es capaz de ponerse en sintonía con la ciudadanía, ganar la batalla por el relato”. Giorgio Brighi razona en alto y pasa las manos por su cabellera canosa mientras intenta explicar lo que ha ocurrido en esta ciudad. Él es la voz de Terni desde hace más de cuarenta años. Los estudios de Radio Galileo –fundada por Brighi en la época de las radios libres, las primeras emisoras privadas surgidas en los años setenta– son, desde los ordenadores con pantalla de tubo hasta los pósteres de aire ochentero, casi un museo. Por sus micrófonos han pasado todos, también Salvini: “Es un personaje con un olfato político extraordinario. Eligió Terni para que funcione como puesto de avanzada para conquistar la región y más allá”.

La apuesta de la Liga por Terni empezó, según Brighi, mucho antes de las elecciones de hace un año. En marzo de 2015 se produjo un acontecimiento que marcó un antes y un después en la percepción de seguridad de una ciudad que tiene niveles de delincuencia muy por debajo de la media italiana: el homicidio de un joven treintañero a manos de un inmigrante borracho, con antecedentes y una orden de expulsión. “Poco después Salvini llega, empieza a venir a menudo, está en la calle, se pone al mismo nivel de la gente, hace de todo para no parecerse a la llamada élite…”, recuerda Brighi. En la campaña electoral, Latini no escatimó en eslóganes sobre la seguridad. Las fotos que acompañan las crónicas de aquellas semanas muestran el baño de masas que Salvini se dio en la plaza principal de la ciudad.

La última vez que el líder leghista vino aquí fue a principios de febrero. Unos días antes la dirección del partido había decidido enviar a Terni a una delegada, la diputada Barbara Saltamartini. Latini dice que llegó para apoyarles porque el gran crecimiento del partido en la ciudad les pilló, reconoce, desprevenidos desde el punto de vista organizativo. Para la oposición es una tutora que viene a poner orden y evitar que la experiencia de Terni acabe siendo un bumerán. “Quien administra y decide en la Junta es la comisaria política”, asegura Alessandro Gentiletti, concejal de la oposición y elegido con una lista progresista a la izquierda del PD. “[Los dirigentes locales de la Liga] Están teledirigidos. La inversión del partido en Terni es grande. Por eso, en cuanto hay un problema, llega Salvini como una estrella del rock y se saca un montón de selfies…”, dice Brighi. “Desde Terni empieza el reto para ganar las elecciones europeas y conquistar la región”, afirmó hace unas semanas la comisaria política venida de Roma.

La “traición” a la ciudad

Las condiciones para el desembarco de la Liga y la mutación sociológica de la ciudad venían fraguándose desde hace tiempo. En cifras y en el lenguaje aséptico de los informes, el Banco de Italia resumía, en un documento de 2018, el declive de Terni: “La crisis de la industria de base de los años ochenta y las sucesivas privatizaciones debilitaron la manufactura local, que empezó a depender de las estrategias de las multinacionales extranjeras y orientadas a la deslocalización de las producción con menor valor”. Entre 1981 y 2001, Terni registró una caída del 35,5% de los empleos en el sector manufacturero (en toda Italia, fue del 16%); entre 2001 y 2015 bajó otro 27,8%.

A mediados de los noventa se intentó revertir la tendencia apostando por la reconversión a la llamada industria cultural. El eslogan era llamativo: de la imagen de la fábrica a la fábrica de la imagen. Uno de los proyectos estrella fue la recuperación como estudios cinematográficos de parte de una antigua fábrica de carburo de calcio en Papigno, una aldea de un puñado de casas aferradas a una colina a las afueras de Terni. El sueño pareció hacerse realidad cuando el director italiano Roberto Benigni eligió Papigno para rodar La Vida es bella, la película con la que ganó el Oscar. Pero, tras el fracaso comercial de Pinocchio, otra megaproducción que Benigni realizó allí, el sueño empezó a resquebrarse. El control de los establecimientos pasó a Cinecittà, los históricos estudios. Las producciones se pararon y ahora en los hangares donde estaban los platós, el polvo se acumula sobre los restos de los decorados.

Mientras el pasado industrial de la fábrica se desdibujaba y se apagaban las luces del cine, quienes habían gobernado durante décadas perdieron el pulso de la ciudad. Gentiletti, antiguo simpatizante del PD, reconoce las dificultades: “Es una ciudad dividida. Encontrar la respuesta política adecuada ha sido difícil. Desde que soy concejal he visto realidades que desconocía: la precariedad de los obreros, gente en dificultad… El desafío es compaginar los ideales con las necesidades primarias de las personas. La política es esto. Y así se percibe a la Liga. Da igual que luego solo contribuya a aumentar los problemas: su narración resulta más convincente”.

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El relato de la Liga, mientras profesa un posmoderno “ni de izquierda ni de derecha”, desempolva el ideario ultraderechista del “patria, honor y familia”, llena un vacío de representación y bebe del descontento. La desilusión se respira a la salida de la fábrica a la hora del cambio de turno. Si se pregunta por la política, todo son caras largas. “El PD por aquí no le hemos visto. No es bonito sentirse siempre como la parte sucia de la producción. El PIB no se hace con los supermercados…”, dice un obrero. Otro, Emanuele, de 49 años, tercera generación de su familia que trabaja en la acería, añade: “Yo organizaba las fiestas de la Unidad [las históricas fiestas de verano del PCI antes y del PD después] pero ahora me siento traicionado. La izquierda nos ha traicionado”. Escuece aún el recuerdo de 2014, cuando tras una huelga de 40 días, los sindicatos firmaron un acuerdo con la empresa con 290 salidas voluntarias y un plan de consolidación industrial para cuatro años. El plan caducó en diciembre de 2018 y el horizonte vuelve a ser sombrío. Culpa, dicen en el sector, de la competencia de Indonesia, de los aranceles, de las contramedidas que no se tomaron, de la sed de China por la materia prima que encarece el precio.

“Es un territorio que se siente abandonado y acepta el cortejo del primero que llega a decirle lo que quiere oír: los italianos primero, basta de inmigrantes…”

La onda expansiva del descontento desde la avenida Brin, la carretera provincial que parte en dos la acería, llega hasta el corazón de la ciudad. El centro, plagado de carteles de “se vende” y “se alquila” recuerda al de Atenas en 2012. En la calle Roma, justo detrás del palacio del Ayuntamiento, hay un cartel cada cinco metros. Marco Stentella pronto colgará uno a las puertas de la ferretería que regenta desde hace cinco años. Aquí invirtió la indemnización por desempleo cuando, tras 22 años, le despidieron del Polo químico de Terni, otro pilar de la economía local del que ya queda poco. Muchos de sus compañeros despedidos junto a él siguen en paro. Stentella votó Liga y la Liga también ganó en históricos barrios obreros como el Matteotti, construido a mediados de los setenta por encargo de la acería cuando el modelo era aún el de la fábrica total.

Es un territorio que se siente abandonado y acepta el cortejo del primero que llega a decirle lo que quiere oír: los italianos primero, basta de inmigrantes…”. Eugenio Raspi trabajó durante 22 años en el interior de la acería. En 2015 se encontró de un día para otro con una carta de despido. La terapia para aquella experiencia fue escribir la novela ÍNOX, como el acero de la fábrica, duro como el carácter de los personajes de un libro que retrata el desencanto de los obreros y de una ciudad que vivía alrededor del polo siderúrgico y del polo químico. No hay familia que no tenga un padre, un abuelo, un primo, un tío empleados o exempleados de estas dos industrias. Por eso, el declive golpea a todos. “Los abuelos querían trabajo para los nietos”, explica Raspi, que hoy acude a un curso de formación para poder reinsertarse en el mercado laboral. “La generación que tuvo mucho, el trabajo, la pensión… está descontenta porque detrás queda el resto de la familia. Es como un tren en movimiento: de repente la locomotora se descuelga y los vagones se quedan en medio de las vías. Quien conducía no se ha parado a mirar hacia atrás”.

Janów
Lubelski

La tentación de una Europa “a la carta”

En uno de los bastiones del Partido Ley y Justicia, en el sureste de Polonia, la gran presencia de proyectos sufragados con fondos europeos convive con el auge de un nacionalismo que mezcla la nostalgia del pasado con la hostilidad a una mayor integración en la UE

Los rastros del cambio que pertenecer a la Unión Europea ha supuesto para Janów Lubelski están por todas partes: en los carteles pegados en las fachadas de varios edificios del centro, empezando por el propio Ayuntamiento, en un pequeño aviso enmarcado en la recepción de un hotel casi a estrenar, en las publicaciones sobre un parque recreativo a la entrada del bosque de coníferas que rodea el sur de la ciudad… Todo sirve para recordar la cantidad de fondos europeos que, en los últimos 15 años, han llegado hasta el último rincón de Polonia y también a esta localidad de 16.000 habitantes de la región de Lubelskie, en el sureste del país, no muy lejos de la frontera con Ucrania y Bielorrusia. Esta presencia de Europa convive con otra, también muy fuerte: el extraordinario apoyo que aquí cosecha el partido ultranacionalista Ley y Justicia que desde su llegada al Gobierno, en 2015, ha ido tensando cada vez más las relaciones con Bruselas. El PiS, como se le conoce por sus siglas en polaco, en el distrito de Janów obtuvo más del 68% de los votos válidos en las últimas elecciones generales.

“Una primera razón por la que la gente vota tanto al PiS es que la zona sureste es muy católica, más que el resto del país. Pero no es el motivo principal”, dice Krzysztof Adam Kołtyś, alcalde de la localidad desde hace 20 años. En octubre del año pasado estrenó su sexto mandato, esta vez ya como militante del PiS, en cuyas listas había sido candidato antes como independiente. No le resultó difícil ganar, entre otras cosas porque nadie más se presentó. “El PiS tiene la imagen de un partido de justicia, un partido que intenta apoyar a los más desfavorecidos, con políticas sociales en las que se gasta bastante dinero y en una zona que ha sido más abandonada por los Gobiernos anteriores que hicieron poco para su desarrollo”, explica el regidor. Lubelskie, una región en gran parte rural si se excluye la capital Lublin, es una de las más pobres del país y entre las 20 con menor PIB de toda la Unión Europea.

El alcalde se define como convencido europeísta y asegura que así lo son la mayoría de los que aquí viven. Cita los resultados del Eurobarómetro que sitúan a los polacos entre los europeos más conscientes de los beneficios de pertenecer a la UE. Es una convicción que, sin embargo, no libera a Polonia de la tentación de una “Europa a la carta”, alimentada por el auge del ultranacionalismo en un país que no pasó por los estragos de la Gran Recesión y siguió creciendo mientras sus socios europeos se enfrentaban a la crisis aplicando recortes con hacha.

“Soy euroescéptica. La UE tiene que cambiar para ser una institución que no se inmiscuya tanto en los asuntos de cada país, y no diga lo que tienen que hacer Polonia y los países pequeños… Por ejemplo, presionar para que adopten el euro”, dice Marianna Stolarek Coope, sentada junto a su hija y su cuñada en un banco de una céntrica plaza. Stolarek Coope ha vuelto a Janów unos días de vacaciones, porque desde 2006 vive en el Reino Unido y está casada con un ciudadano británico, de ahí su segundo apellido. Cuando regrese hará los papeles para pedir la residencia permanente y evitar cualquier problema tras la salida de Reino Unido de la UE. “Espero que el Brexit se produzca por el bien del país. ¿Y Polexit? Polonia no es un país suficientemente fuerte. Pero la Unión Europea acabará desmoronándose y tendrá una forma distinta a la que tiene ahora”, añade.

No muy lejos de la plaza y cerca de la estación de autobuses de aire algo decadente en el centro de la ciudad, está Daniel, que dice no entender mucho de política pero asegura que votó al PiS “porque cumple”. Este panadero de 25 años recuerda el programa 500+, la ayuda de 500 zloty (unos 120 euros) que el Gobierno concedía hasta ahora a las familias a partir del segundo hijo, sin importar sus ingresos, y que a partir de julio –si el Parlamento, donde el PiS tiene mayoría, lo ratifica– se extenderá también al primero. La medida es, según la oposición, la gran baza del Gobierno de cara a las elecciones generales del próximo otoño. Ley y Justicia pretende revalidar la victoria de hace cinco años, cuando volvió a hacerse con el control del Gobierno que había ejercido entre 2005 y 2006, un periodo en el que los fundadores del partido, los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczyński, ocuparon, respectivamente, el cargo de presidente y primer ministro. Tras la muerte de su hermano en 2010 en un accidente de aviación en Smolensk (Rusia), Jaroslaw Kaczyński dirige el partido y también, en la sombra, el Gobierno.

“El PiS será capaz de gastar hasta el último céntimo para ganar las elecciones”, dice el diputado de la Asamblea regional, Krzysztof Grabczuk, miembro de Plataforma Cívica, el principal partido opositor. En las elecciones municipales del pasado octubre, la Plataforma mantuvo la alcaldía de la principal ciudad, Lublin, pero el PiS ganó el Gobierno regional, un caso ejemplar de una de las brechas que parten en dos el país: las diferencias entre las grandes ciudades y las zonas rurales. A esta división se une otra: en la parte occidental de Polonia, más desarrollada y proeuropea, los apoyos del PiS son muy menores que en el este, más rural y conservador.

Daniel, el quinto de seis hijos, asegura que le gustaría irse a Bélgica, donde ya vive una de sus hermanas. Si se le pregunta por Europa, contesta: “Está bien que el Gobierno plante cara a la UE”. ¿Por qué? “No sabría decirte por qué”.

“¿Euroescepticismo? No nos podemos permitir esta palabra en el siglo XXI. Polonia necesita a la UE”, comenta Mirek, un carpintero de 57 años, que tras haber trabajado una década entre Italia y Alemania, decidió volver a Janów. Como Daniel, pide que no se escriba su apellido. No sabe qué votará en las próximas elecciones, pero piensa que será el SLD, la Alianza de la Izquierda Democrática, un partido socialdemócrata que gobernó Polonia en coalición en dos ocasiones y en las elecciones de 2015 no obtuvo representación en Parlamento. “La gente vota al PiS porque se compran los votos. Todos estos subsidios como el de los 500 zloty por hijo sirven para esto”, añade mientras echa un vistazo a su nieta que corretea en un parque entre las fuentes rodeadas por jardines de tulipanes anaranjados. Mirek tiene dos hijos y uno trabaja en el Reino Unido.

Europa, destino al que emigrar

La emigración se ha convertido en uno de los grandes problemas de esta zona. Hasta el punto que empieza a faltar mano de obra cualificada. A lo largo de la carretera nacional 19, que atraviesa el este del país, se ve algún cartel escrito en ucranio. En uno se lee: “Se buscan costureras”. Se estima que en Polonia vive un millón de ucranios, que en su mayoría llegaron tras la crisis que su país vive desde hace un lustro.

“El saldo migratorio es negativo y esto me preocupa, pero poco podemos hacer contra este fenómeno, porque no somos capaces de ofrecer condiciones de trabajos y sueldos que respondan a las expectativas de los jóvenes más formados”, reconoce el alcalde. No hay habitante de este lugar que no tenga un familiar o un conocido en algún otro país de la UE, y lo que, según el regidor, ha ayudado a fomentar el europeísmo y crear lazos con el resto de Europa, para otros es el símbolo de lo que la ciudad ha perdido. “Crié a cuatro hijos en condiciones difíciles, cuatros jóvenes fuertes y sanos que ahora se tienen que ir a Inglaterra o a Francia. La mejor generación se ha ido fuera”, dice Zofia, que, tras trabajar 35 años como maestra, regenta ahora una tienda de porcelanas –“todos productos polacos”– en la calle principal de la ciudad. Zofia votó “no” en 2003 en el referéndum sobre la adhesión de Polonia a la UE y hoy haría lo mismo. “¿Cómo que por qué? Con la entrada en la UE hemos perdido el principal patrimonio de este país: dos millones de jóvenes que han emigrado a otros países europeos: allí trabajan como esclavos, gente con formación que va a fregar platos”. Polonia es el segundo país por número de habitantes, 1,7 millones, que viven en otros Estados miembros de la UE.

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La nostalgia del pasado

“No quiero que piensen que estas son las opiniones de una anciana de 70 años… Por mi tienda pasa mucha gente. La situación económica ha mejorado, pero en los ojos de la gente ves una tristeza que no encaja con este tiempo”, añade. Zofia era votante del PiS, pero ahora se siente más próxima a la Juventud pan-Polaca o al Campamento Nacional Radical, dos formaciones de extrema derecha. En los reproches que hace a este mundo nuevo hacia el que su ciudad ha sido catapultada, esta vecina habla de nostalgia: el silencio ha sustituido a las decenas de niños que correteaban hace años en el patio de su bloque de viviendas; en algunos pueblos hay vías abandonadas enteras porque sus moradores se han ido a vivir fuera; y, sobre todo, la gente se divorcia, algo impensable antaño aquí… En esa añoranza de un pasado donde todo le parece que era mejor, Zofia cree que Polonia tiene que volver a andar sola.

A un puñado de kilómetros de Janów está el pueblo de Godziszów, el lugar donde el 88% votó “no” a la entrada en la Unión Europea. En casi todo el municipio, que aquí con nombre de cuento de hadas se llaman gmina, apenas queda alguna de las tradicionales casonas de madera que plagaban el paisaje de las zonas rurales del país. Casi todas las casas están ahora renovadas y en un día soleado forman una imagen de postal entre campos verdes que se extienden hasta donde alcanza la vista. A mediodía de un jueves de finales de abril, varios hombres esperan en la puerta del Ayuntamiento, rodeada de carteles de los proyectos cofinanciados con fondos europeos. Hay pocas ganas de hablar por la mala prensa que en su momento el pueblo tuvo tras el resultado del referéndum sobre la entrada en el club europeo. De los únicos dos vecinos que se paran unos minutos, uno dice que votó “sí” y el otro cree recordar que en su momento votó “no” y hoy haría lo mismo.

“Godziszów es uno de los municipios que más subvenciones europeas ha recibido para la agricultura, pero la mentalidad es un poco ‘ya que hay dinero, hay que aprovecharlo”, critica Janina Skubik, presidente de la asociación público-privada Lesny Krag, un grupo de acción local creado en 2006 en el marco del programa europeo de desarrollo rural para asesorar y canalizar la gestión de los fondos. Desde que empezaron, han manejado proyectos por un total de 30 millones de zloty (unos 7 millones de euros). “Hay asociaciones que solo se crean para captar fondos. Vemos una brecha entre esto y el apego a los valores europeos e intentamos evitar que esto pase”, añade.

“Me preocupa lo que está pasando en Polonia, me preocupa mucho porque el Estado de derecho está amenazado”

“Aquí la UE nos lo ha puesto todo. No es verdad que con los fondos europeos solo hemos arreglado las aceras, como dice el primer ministro [Mateusz Morawiecki]”, dice indignada Iwona Lukasik, de 72 años, mientras se protege del sol a la entrada de la estación de autobuses. Lukasik era abogada antes de jubilarse y recuerda el enfrentamiento al que el Gobierno ha llegado con la Unión Europea por su reforma del sistema judicial, con cambios que menoscaban la separación de poderes, según la Comisión Europea, que por primera vez activó contra Polonia el mecanismo sancionador previsto por el artículo 7 del Tratado de la UE. “Me preocupa lo que está pasando en Polonia, me preocupa mucho porque el Estado de derecho está amenazado”, comenta.

Ella apoya a la Plataforma Cívica, el principal partido de oposición polaco, que gobernó entre 2007 y 2015. “Mucha gente no se da cuenta del riesgo que vivimos. Apoyan al PiS porque la única cadena de televisión que se sintoniza es la estatal, que es la voz de la propaganda. Muchos también votan lo que dice el cura pero espero que esto cambie pronto”, afirma Lukasik. A poca distancia de la estación, está el Santuario mariano de la ciudad cuya fundación, cuenta la leyenda, se debe a la voluntad de una noble de celebrar a Dios tras una aparición de la Virgen. Cerca de la entrada de la iglesia hay un cartel que indica las frecuencias de la omnipresente emisora Radio María, poderosa correa de transmisión del ultranacionalismo católico polaco.

Un país dividido

“Estamos intentando reivindicar que el nacionalismo no es patriotismo”, dice Aneta Swirydo. Trabaja en una agencia inmobiliaria de Lublin, la capital de la región, una ciudad de 360.000 habitantes a unos 80 kilómetros de Janów. Desde hace unos años, Swirydo dedica su tiempo libre a las actividades del movimiento cívico Obywatele RP (Ciudadanos de la República, en polaco), que organiza protestas contra la deriva autoritaria del Gobierno: “Existe un desconocimiento generalizado de las competencias de la UE. Y lo aprovechan los populistas lanzando mensajes que la gente se cree sin verificar. El riesgo de que la UE nos imponga cosas no existe, pero la gente no lo entiende. La Unión Europea no es solo una comunidad económica, que tantas oportunidades nos brinda. La Unión son también derechos humanos, derechos de la mujer, derechos universales. Y muchos polacos no lo aceptan…”.

Marzena Szymkiewicz-Lewantowska asiente. También es activista de Obywatele RP. Sentada en el patio del centro cultural en el que trabaja, un antiguo monasterio reconvertido durante la época comunista y reformado gracias a la cofinanciación europea, añade: “Ha faltado educación, ha faltado explicar cómo funciona la UE y que además de beneficios hay también deberes, como el reparto de los refugiados que no hemos aceptado”. La tentación de una Europa “a la carta”, el fantasma que atraviesa la Unión, sobrevoló el pasado 1 de mayo el aniversario de los 15 años de la ampliación en la que la UE pasó de 15 a 25 miembros. El vicepresidente de la Comisión Europea, Jyrki Katainen, que estaba en Varsovia para participar en una reunión con los representantes con los países que entraron en la UE en 2004, fue tajante: “La UE no es solo una máquina de dar dinero, una vaca que se puede ordeñar”.

“La opinión pública europea tiene una visión algo falsa y estereotipada de Polonia, la imagen que se da en los medios occidentales no es la verdadera. Yo no digo que el Gobierno del PIS sea un gobierno perfecto y no cometa errores. Pero siendo objetivos, el trato que se nos da por parte de la Comisión Europea u otros organismos es, en ocasiones, injusto. Y digo eso aun siendo un gran partidario de la presencia de Polonia en la UE”, comenta el alcalde de Janów, Y añade: “A menudo el eurorrealismo se presenta como euroescepticismo. El eurorrealismo es una manera de responder a ciertos procesos decisorios. Creo, por ejemplo, que [el primer ministro húngaro] Viktor Orbán se portó de manera realista cuando vio una oleada incontrolada de migrantes indocumentados que cruzaba su frontera”.

Créditos

Coordinación y Redacción: Mariangela Paone

Análisis de datos: Daniele Grasso y Mariangela Paone

Fotografía y vídeo: Gianluca Battista (Beaucaire y Janów Lubelski) y Massimiliano Minocri (Terni)

Diseño / Maquetación: Fernando Hernández, Ana Isabel Fernández, Nelly Natalí Sánchez, Alejandro Gallardo

Nota metodológica

Para elegir los lugares de este viaje en tres etapa utilizamos una base de datos elaborada por Lewis Dijkstra, Hugo Poelman y Andrés Rodríguez-Pose, autores del informe The Geography of the EU Discontent, publicado en diciembre de 2018 por la Comisión Europea y que medía la relación del auge del euroescepticismo en relación a factores territoriales. El estudio incluye una serie de variables socio-económicas que los autores han cruzado con los votos recibidos por los partidos que se oponen a una mayor integración de la Unión Europea. La conclusión es que el declive económico e industrial empuja al voto antieuropeo, como teorizó por el mismo Rodríguez-Pose en su ensayo The revenge of places that don’t matter (2018). También en las zonas con niveles de ocupación más bajos y trabajadores menos cualificados es más probable encontrarse con un voto antieuropeo (donde por antieuropeo se entiende un voto a favor de partidos que se oponen a una mayor integración, partidos de todo el espectro ideológico). Según los resultados del estudio, una vez que se han tenido en cuenta estos factores, cuenta menos el peso de variables como la edad o la renta de los votantes y solo el nivel de educación mantiene cierta relevancia.

Para realizar el estudio Dijkstra, Poelman y Rodríguez-Pose utilizan los resultados de las últimas elecciones nacionales en los 28 estados miembros, con el análisis de un total de 63.000 distritos electorales. La base de datos contiene los votos a todos los partidos candidatos en los comicios.

En nuestro análisis, partiendo de esta base de datos, seleccionamos sólo los partidos ultranacionalistas y de extrema derecha. Para la clasificación nos basamos en los resultados de las encuestas Chapel Hill, resultado de un panel de expertos que miden el posicionamiento ideológico de los partidos de cada país y las posturas sobre la integración europea y otras grandes cuestiones políticas. Aquí la lista de partidos de extrema derecha, país por país, que redactamos y que ha sido validada por los politólogos Jorge Galindo y Guillem Vidal.

Los tres lugares elegidos son el resultado de un análisis que, siguiendo la misma hipótesis de Rodríguez-Pose, cruza el apoyo a los partidos de extrema derecha con variables económicas (la variación del PIB en el tiempo, el empleo y la variación del peso del empleo industrial) y territoriales (territorios rurales vs territorios urbanos). Una vez identificados los lugares en la que se daba una o más de estas correlaciones, elegimos casos que, en su especificidad, fueran a la vez ejemplares de tendencia sistémicas.

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