Cultura

Ivo van Hove: “Sin el teatro, la sociedad sería todavía más salvaje”

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El director teatral flamenco llevará el espectáculo ‘Tan poca vida’ al Festival Grec barcelonés los días 3 y 4 de julio

Por su carácter y por su cultura, Ivo van Hove nunca se emociona en público. Las lágrimas solo le han traicionado una vez en toda su carrera, como recuerda en su despacho, diáfano hasta extremos calvinistas, desde el que lleva dos décadas guiando el rumbo del Internationaal Theater de Ámsterdam, anteriormente conocido como Toneelgroep. Sucedió en septiembre del año pasado, durante el estreno del espectáculo Tan poca vida (A Little Life en su título original), una adaptación de la áspera novela de la estadounidense Hanya Yanagihara, convertida en un inesperado best seller tras su publicación en 2015. “Cuando terminó la representación, rompí a llorar sobre el escenario”, confiesa el director teatral flamenco, de 60 años, nacido en Heist-op-den-Berg (Bélgica), todavía descolocado. “La gente me tiene por un hombre frío, pero hay algo en ese libro que me afectó profundamente”, añade Van Hove, que llevará la obra al Festival Grec barcelonés los días 3 y 4 de julio.

El director leyó la novela por insistencia de los demás: todo el mundo le decía que la historia le iba como anillo al dedo, aunque él no entendía por qué. De ese volumen de 800 páginas, que retrataba la intensa y dolorosa amistad entre cuatro hombres a lo largo de varias décadas, a Van Hove le interesó el retrato de Jude, un huérfano que fue víctima de innumerables abusos y vejaciones, incapaz de experimentar, ya de adulto, lo que supone amar y ser amado. Van Hove firma una adaptación de cuatro horas y contenido muy explícito en lo violento y lo sexual, donde los espectadores se sientan en dos filas simétricas, con el escenario colocado en medio, como si el director les forzara a mirarse en el espejo de sus semejantes mientras observan la vida de su desdichado protagonista. Es su manera de insinuar que estamos juntos en esto.

Para Van Hove, el teatro es eso: un grupo de desconocidos que se encierran en la oscuridad para reflexionar sobre lo peor de la condición humana. “¿Por qué tanta gente viaja a Madrid para ver el Guernica, siendo el cuadro más terrible del mundo, en el que solo se distingue destrucción y barbarie? Porque sabemos que, como humanos, somos capaces de eso. Ir a ver ese cuadro permite quitarnos de encima ese instinto. Con el teatro sucede lo mismo”, afirma Van Hove. Ya en la Grecia clásica, los espectadores presenciaban maratones de tragedia, antepasado de los actuales festivales de artes escénicas, donde acudían a ver obras sobre incestos y parricidios. “Era una limpieza purificadora, que luego les permitía convivir mejor. La función de esta disciplina sigue siendo la misma. Sin el teatro, la sociedad sería todavía más salvaje”, opina.

Creador prolífico

Existen pocos directores tan prolíficos como Van Hove, consagrado en la escena internacional a mediados de esta década, cuando encadenó su ópera inspirada en la película Brokeback Mountain, estrenada en 2014 en el Teatro Real, con su debut en Broadway de la mano de Arthur Miller. Poco después llegaría Lazarus, el celebrado musical de David Bowie, y la apoteosis de Les Damnés, aplaudida adaptación de La caída de los dioses, en el Festival de Aviñón de 2016. Solo en la última temporada, Van Hove ha compaginado Network en Broadway, con Bryan Cranston, y Eva al desnudo, en el West End, con Gillian Anderson, con un Don Giovanni en la Ópera de París, Electra y Orestes en la Comédie Française, y una adaptación de Muerte en Venecia en su teatro en Ámsterdam. Y la lista no es exhaustiva. “Es decisión mía, nadie me obliga a trabajar tanto. Pero me gustaría frenarlo un poco”, dice Van Hove, con credibilidad relativa.

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De cara a 2020, el director prepara una versión de El zoo de cristal con Isabelle Huppert, que se podrá ver en el Odéon parisiense, y un nuevo West Side Story en el que sustituirá los míticos bailes de Jerome Robbins por una nueva coreografía, ideada por su amiga y compatriota Anne Teresa de Keersmaeker. Ambos debutaron a la vez en la Bélgica de 1980, al lado de otros nombres de la misma generación, como Jan Fabre o Dries van Noten, que lograron transformar el paisaje artístico de un país del que nadie esperaba gran cosa. “En Bélgica, el teatro era aburrido, el cine era intragable y la moda era inexistente. Lo que hicimos fue una manera de decir ‘que os jodan’. Yo no llevaba cresta, pero era punk. Ese aspecto subversivo sigue dentro de mí”, sostiene. El director creció en un pueblo de granjeros donde la cultura brillaba por su ausencia. Volvió a pisarlo hace poco para enterrar a su madre. “Nada había cambiado”, afirma.

Van Hove estudió Derecho por imposición familiar, pero lo dejó al cabo de dos años, a la vez que salía del armario. “A mis padres, las dos cosas les dieron mucha pena. Nos rechazaron a mí y a Jan [Versweyveld, su compañero desde 1980, además de escenógrafo de sus obras]”. Prefirió no volver a sacar el tema, pero siguió volviendo cada mes a la casa familiar, hasta que sus padres terminaron por aceptar su oficio y su relación. “Poco a poco, empezaron a venir a mis estrenos. Y fue Jan quien estuvo junto a mi padre en su lecho de muerte. Yo ni siquiera estaba presente. Esa sí que fue una lección de vida”.

El rostro cerrado de Van Hove es un enigma irresoluble que se esclarece durante una fracción de segundo. Lo confesará el propio interesado a modo de conclusión: “Todas mis obras son autobiografías ocultas, igual que las novelas suelen serlo para los escritores”.

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